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Mitos y realidades de la salud mental en el Perú, R. Navarro

Hoy, 10 de octubre, se celebra en todo el planeta el Día Mundial de la Salud Mental. Siendo este aún un territorio poco explorado y –por lo tanto– poco tratado, merece la pena realizar un diagnóstico general de cómo vamos en nuestro país.

En un estudio del 2010, realizado a una muestra de hogares en Huaycán, se encontró presencia de síntomas de ansiedad en un 33% de entrevistados y de depresión en un 21,4%. Estos hallazgos, que bien podrían constituir la línea base de los trastornos mentales en nuestro país, necesitan del apoyo de estudios epidemiológicos que nos acerquen mucho más a la realidad de la salud mental de nuestra población.

Estos datos, además, reflejan la enorme grieta producida por la indiferencia y la persistencia de modelos y códigos obsoletos. A esto hay que sumar la resistencia al cambio de burócratas en los últimos gobiernos que se preocuparon más en inundar las páginas webs relacionadas con el tema de leyes y reglamentos hechos para impresionar al lector, como si la atención, tratamiento y prevención de los desórdenes de la salud mental de la población fueran ya una realidad. No obstante, la retórica estatal es la primera en desaparecer ante la frustración, decepción y desesperanza que se imponen cuando observamos en forma directa la realidad.

Como, por ejemplo, la indiscutible evidencia que indica que las personas en extrema pobreza son más vulnerables a las enfermedades mentales.
El incremento notable de estos trastornos –así como el brutal impacto de la delincuencia, la inseguridad ciudadana, la violencia en todas sus formas y, especialmente, aquella dirigida a las mujeres y niños– agrava la situación de la salud mental entre los peruanos, tornándose caótica y favoreciendo su cronicidad. Esto, a su vez, constituye el primer escalón para la evolución de otras enfermedades físicas y mentales.

Fui observador durante más de 40 años de las enormes dificultades en la evolución de la comprensión y en la toma de decisiones para el entendimiento de los trastornos mentales y, sobre todo, de sus consecuencias en la salud mental comunitaria. Humberto Rotondo y Javier Mariátegui fueron dos de los más importantes pioneros que intentaron romper barreras para llevar al personal a afrontar, entender y reconocer gradualmente la complejidad de la salud mental colectiva. Ellos experimentaron en carne propia la indiferencia de los políticos, quienes, al ignorar la importancia de la salud mental, terminaron por contagiar de este pobre interés a los otros poderes del Estado.

La salud mental, pues, no solo ha sido la cenicienta en las preferencias de nuestras políticas en general, y de las políticas de salud en particular. Sigue siéndolo aun ahora cuando ya tenemos una ley de salud mental. Ello pese a que las estadísticas dan cuenta de la existencia de 22 centros de salud mental comunitarios, en una lista que, sorprendentemente, no incluye al centro de salud mental Santísima Trinidad.

Esto llama la atención, pues funciona desde el 2010 hasta la actualidad bajo la jefatura del Departamento de Promoción y Prevención de la Salud Mental del Hospital Hermilio Valdizán que, a su vez, cuenta con el Centro de Salud Mental Ethel Bazán en Ate (cuyo proyecto piloto sufrió un bloqueo irracional en el 2012 de parte de un oscuro funcionario que no permitió que se cumpliera con la última etapa de los objetivos propuestos).

El nuevo gobierno tiene una excelente oportunidad para llevar a la práctica la reforma de la salud mental (que está en el papel casi perfecta), para llenar esa enorme grieta. Por la urgencia de su implementación, merece ser elevada como política de Estado, más aun tomando en cuenta que vivimos en un país donde, según el Instituto Nacional de Salud Mental, las enfermedades neuropsiquiátricas representan la principal causa de ‘carga de enfermedad’ (es decir, de años de vida perdidos por discapacidad o muerte prematura) por encima de los desórdenes cardiovasculares y los tipos de cáncer; donde un tercio de la población sufre de alguna enfermedad psiquiátrica y una de cada diez personas desarrolla uno o más trastornos mentales a lo largo de su vida.

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Prensa Ilucan

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